Santiago tenía esa forma de sonreír que antes derretía a Lena. Labios gruesos, hoyuelos marcados y un brillo en los ojos que ella confundió con ternura durante seis años. Ahora lo reconocía como lo que era: el brillo del que está a punto de clavar el cuchillo y disfruta el momento previo.
Se sentó frente a ella aquella noche, en el balcón del apartamento en Kendall, mientras la brisa tibia de Miami movía las hojas de las palmeras. Le sirvió un Malbec que había traído de la bodeguita argentina de la Calle Ocho y le dijo, con esa calma ensayada que usaba para las conversaciones importantes:
—Mi amor, lo vengo pensando hace semanas. La casa del abuelo está en una zona que se está revalorizando una brutalidad. La vendemos, cogemos ese dinero, más un préstamo pequeño, y compramos algo nuestro. En Coral Gables, con piscina, con espacio para cuando lleguen los niños. ¿Qué dices?
Lena giró la copa entre los dedos. El vino dejaba marcas rojas en el cristal.
—Déjame pensarlo, Santi.
—Claro, claro. Tómate tu tiempo.
Santiago no sabía que ella ya no necesitaba pensar nada.
Todo había cambiado quince días atrás, el domingo del huracán. Las alertas habían sonado toda la tarde y Doña Estela, la madre de Santiago, estaba en casa porque su edificio en Hialeah tenía orden de evacuación. Se había instalado en el cuarto de visitas con sus santos, sus veladoras y ese olor a colonia de violetas que impregnaba todo lo que tocaba.
Lena se levantó a las tres de la madrugada porque el viento golpeaba las persianas y no podía dormir. Iba descalza hacia la cocina cuando oyó las voces. La puerta del cuarto de Doña Estela estaba entreabierta. La luz de la veladora dibujaba una línea dorada en el pasillo.
—Tú eres bien bruto, Santi —decía Doña Estela con ese tono suyo, mitad susurro de iglesia y mitad regaño—. El testamento está a nombre de ella. Si venden la casa del viejo y compran algo nuevo, la nueva propiedad entra en el matrimonio.
—Pero, Mami, llevamos seis años casados.
—Por eso mismo, mi vida. Seis años no son garantía de nada. Tú convéncela. Dile que es una inversión inteligente, que el barrio de la casa es feo, que hay goteras, lo que sea. Pero que venda primero. El dinero líquido, en una cuenta conjunta, eso ya es otra cosa.
Se hizo un silencio. Luego Santiago soltó una risita corta.
—Mami, tú eres más viva que el hambre.
—No, mijo. Es que yo sí leo la letra chiquita.
Lena se quedó inmóvil con la espalda pegada a la pared. El yeso estaba frío, el aire acondicionado zumbaba, y afuera el huracán arrancaba ramas de los árboles.
No lloró. Se quedó quieta mucho rato, respirando hondo, y luego volvió a la cama. Se acostó junto a Santiago, que roncaba suave, y se quedó mirando las aspas del ventilador girar en la penumbra. Pensó en su abuelo Mateo, que llegó de Cuba con una mano atrás y otra adelante, que trabajó treinta años en la construcción, que compró esa casita en la Pequeña Habana ladrillo a ladrillo. Pensó en cómo le enseñaba a reconocer las frutas en el mercado, cómo le cantaba boleros los domingos mientras preparaba café, cómo le dijo, ya enfermo, con los ojos aguados: «Esto es para ti, mi niña. Para que nunca dependas de nadie».
A las ocho de la mañana, cuando el huracán pasó y solo quedaban charcos y palmeras dobladas, Lena se metió al baño, cerró la puerta y llamó a su hermano.
—Alejandro, necesito un abogado. Uno bueno, de esos que no sueltan nada. Y necesito que no le digas a nadie. A absolutamente nadie.
Alejandro, que era más callado que un muro, solo preguntó:
—¿Cuándo?
—Hoy.
Esa misma semana, Lena fue al banco y luego a la oficina del abogado en Brickell. Hizo que la casa del abuelo Mateo pasara a nombre de su hermano, con un usufructo vitalicio para ella. Sellado, firmado, imposible de tocar sin su consentimiento.
Nadie supo. Ni Santiago, que seguía llevándole el desayuno a la cama con una sonrisa radiante; ni Doña Estela, que ahora le ofrecía sus recetas de frijoles y hasta le regaló una veladora de San Judas Tadeo «para que la bendición nunca falte en este hogar».
Santiago apretó el ritmo. Cada cena, cada paseo, cada copa de vino terminaba en la misma palabra mágica: vender.
—Mi amor, ya hablé con un agente. Dice que la casa del abuelo, así como está, puede sacar trescientos veinte mil. ¿Te imaginas? Con eso damos el enganche y nos sobra para amueblar.
—Qué bueno —decía Lena mientras cortaba el pollo en pedacitos, con una calma que no sentía pero que aprendió a fingir.
—Podemos ir a ver algunas el sábado, si quieres. Hay una en Coconut Grove que está preciosa.
—Ajá.
—Lena, dime que sí. Dame luz verde.
—Ya te dije, Santi. Déjame pensarlo.
Santiago fruncía el ceño, confundido, pero se contenía. Los consejos de su madre resonaban en su cabeza: «Con paciencia, mijo. Que no sospeche».
La noche de la decisión fue un jueves. Doña Estela se había ido a jugar bingo con sus amigas del club de jubilados cubanos, y la casa estaba para ellos solos. Santiago preparó pargo frito con tostones, abrió una botella de champán y puso a Celia Cruz de fondo.
—Hoy es la noche —dijo mientras servía las copas—. No me digas que no. No después de esta cena.
Lena sonrió. Una sonrisa distinta, que Santiago no supo leer.
—Está bueno el pescado.
—Mi amor, escúchame bien —se inclinó hacia ella—. Ya hablé con todo. Con el banco, con el agente, con la constructora. Lo único que falta es que vayamos al notario a firmar la venta de la casa del abuelo. Es un paso, solo un paso, y después todo será mejor. Tú confías en mí, ¿verdad?
Lena lo miró. Vio los hoyuelos, el brillo, la mano tendida sobre el mantel, y recordó aquella noche, la veladora, la risita, la voz de Doña Estela diciendo «la letra chiquita».
—Santi.
—Dime que sí.
—No puedo vender la casa.
—Claro que puedes, es tuya.
—Ya no.
Santiago parpadeó.
—¿Cómo que ya no?
—Lo que oyes. La casa ya no está a mi nombre. La puse a nombre de mi hermano hace dos semanas.
El silencio fue profundo. De esos que pesan. Celia seguía cantando al fondo que la vida era un carnaval, pero en la mesa nadie celebraba nada.
—Esperate, esperate un momento —Santiago soltó la copa, que cayó con un sonido seco—. ¿Tú qué hiciste? ¿Así, sin decirme nada? ¿A escondidas?
—Como lo oyes.
—Pero, Lena, eso es… ¿por qué? ¿Por qué harías algo así?
—Porque oí a tu mamá decirte que me convencieras de vender para que el dinero cayera en una cuenta conjunta y se volviera del matrimonio. La oí decirte que leyeras la letra chiquita. Te oí reírte.
A Santiago se le fueron los colores de la cara, de a poco, como cuando drenan una piscina. Se le acabaron los hoyuelos, el brillo, la mano tendida.
—Eso no fue…
—Sí fue. A las tres de la mañana, el domingo del huracán. La puerta estaba entreabierta.
—Lena, yo…
—Yo quiero el divorcio, Santiago.
Él se levantó de golpe. Caminó hacia la barra de la cocina, se apoyó con las dos manos, bajó la cabeza. Respiraba fuerte. Luego se giró con una expresión nueva, que Lena no le conocía.
—Por un malentendido, vas a botar seis años. Por una conversación que oíste a medias, sin contexto.
—No fue a medias. Se oía perfecto.
—Mi mamá es mayor, tú sabes cómo es. Dice cosas, pero no…
—Tu mamá es la persona más lúcida que conozco —lo interrumpió Lena—. Y tú eres su hijo. Lo entiendo. Pero yo soy nieta de Mateo Sarmiento, que se partió el lomo para que yo tuviera algo propio. Y no voy a dejar que nadie me lo quite. Ni tú, ni ella, ni nadie.
Santiago volvió a sentarse. Estaba pálido. La Celia seguía, ajena, feliz, desde la bocina del celular.
—¿Y ahora qué?
—Ahora tú te quedas aquí, en este apartamento, con tu mamá. Yo me voy.
—¿Así de fácil?
—No es fácil. Es lo que hay.
Lena agarró un bolso que tenía preparado desde hacía una semana, escondido en el closet. Metió cuatro cosas, las indispensables, y salió. En el pasillo del edificio se cruzó con la vecina del cuarto piso, una señora cubana que siempre le regalaba mangos en temporada. La señora la vio con el bolso, con la cara firme, y le dijo:
—¿Todo bien, mija?
—Todo bien —dijo Lena—. Todo mejor que nunca.
La señora asintió, como si supiera, y cerró su puerta.
Lena se quedó en casa de Alejandro un mes. Dormía en el sofá, ayudaba con los sobrinos, cocinaba en las mañanas. Su hermano no preguntaba. Puso la cafetera, le alcanzaba el azúcar, le dejaba el control remoto.
Una noche, mientras veían reposiciones de telenovelas viejas, Alejandro le dijo:
—La casa sigue siendo tuya. Cuando quieras volver.
—Gracias.
Santiago llamó cuarenta y siete veces. Mandó noventa y dos mensajes. Pasó del «lo siento, hablemos» al «estás exagerando» al «eres una fría, una calculadora». Lena solo respondió uno:
«Habla con mi abogado».
Doña Estela llamó también. Dos veces. La primera para decir que todo era una confusión, que Lena había malinterpretado, que cómo se le ocurría hacer algo tan drástico. La segunda para decir que era una ingrata, que después de todo lo que ella había hecho por ella, después de tratarla como a una hija.
Lena no respondió ninguna de las dos.
El divorcio tardó cuatro meses. Fue sorprendentemente limpio, porque no había bienes que repartir. El apartamento de Kendall estaba a nombre de Santiago y Doña Estela. La casa de la Pequeña Habana estaba a nombre de Alejandro. Lo único que quedaba eran cuentas separadas, recuerdos y silencios.
Cuando todo terminó, Lena fue a la casa.
Hacía calor, un calor pegajoso de agosto en Miami. La casa olía a madera vieja, a café, a esa mezcla de canela y añejo que el abuelo Mateo dejó impregnada en las paredes. Las persianas delanteras estaban caídas, y el pequeño jardín de atrás, ese donde el abuelo cultivaba malanga y boniato, se había vuelto un nido de maleza.
Abrió las ventanas. Entró la luz, entró el ruido de la calle, la música de un vecino que ponía salsa a todo volumen. En la cocina encontró la cafetera del abuelo, oxidada pero entera. La lavó, la secó y la puso en su lugar.
Se sentó en el portal con un café negro, mirando la calle, y pensó en su abuelo Mateo. En cómo se sentaba en ese mismo portal todas las tardes a ver pasar la vida. En cómo nunca tuvo miedo de estar solo. En cómo construyó todo de la nada.
Alejandro llegó al atardecer con una maceta de mango en una mano y una bolsa de croquetas en la otra.
—Te traje un palito, como le gustaban al viejo.
—Se me están acabando las excusas para llorar hoy.
—No necesitas excusas, Lena. Llora tranquila.
Comieron croquetas en el portal mientras anochecía. El vecino cambió de salsa a boleros. Alejandro no preguntó nada sobre Santiago, sobre Doña Estela, sobre los seis años y el huracán. Solo acompañó, en silencio, con las manos manchadas de grasa y los pies sobre una silla rota que el abuelo nunca quiso botar.
A la mañana siguiente, Lena compró pintura. Verde clarito, como la que tenía la casa cuando era niña. Compró también una mata de aguacate, porque el abuelo siempre decía que un patio cubano sin aguacate no era patio. Buscó a un tipo que arreglaba vitrolas viejas por la Calle Ocho y le pidió que resucitara la del abuelo, esa que llevaba años sin funcionar.
Las semanas pasaron. La vitrola volvió a cantar. El aguacate se plantó. El portal se llenó de macetas.
Y una tarde, mientras pintaba la última pared de la sala, sonó el teléfono. Era un número desconocido. Lena contestó con la brocha en la mano y una mancha verde en la frente.
—¿Sí?
—Lena, soy Estela. No me cuelgues, por favor.
Era la primera vez que Doña Estela le decía «por favor» en seis años.
—Dígame.
—Yo… —la voz de la señora sonaba distinta, más baja, menos segura—. Quería pedirte disculpas. En serio.
—Ya pasó todo, señora Estela. No se preocupe.
—No. No pasó. Lo que hice… lo que pensé. Yo no era así. No sé en qué momento me volví así.
Lena apoyó la brocha en el bote de pintura. Se limpió las manos en el pantalón.
—Santi está mal —siguió Estela—. No te lo digo para que vuelvas, te lo juro. Solo… pensé que debías saberlo. Se quedó sin el pan y sin la torta.
—Lo siento por él —dijo Lena, y lo sintió, sin rencor, sin veneno, solo con la distancia justa—. Pero cada quien recoge lo que siembra.
—Yo sembré muy mal, mijita. Muy mal.
—Nunca es tarde para arrancar la maleza. Mire, aquí estoy yo, en la casa del abuelo, arrancando monte. Cansa, pero se puede.
Del otro lado hubo un silencio largo. Luego un suspiro.
—Cuídate, Lena.
—Igual usted, Estela. Que le vaya bonito.
Colgó. Se quedó un minuto mirando la pared a medio pintar. La vitrola tocaba un viejo bolero de Lucho Gatica. Olía a mango, a pintura fresca, a tierra mojada del patio. Se rió bajito, sin ganas, y volvió a agarrar la brocha.
La casa nunca volvió a estar a su nombre. Un día, sentados en el portal, Alejandro le dijo:
—Cuando quieras, la escritura es tuya otra vez.
Lena miró los mangos del árbol nuevo, pequeñitos todavía, verdes y duros.
—No importa. Es mía aunque no tenga mi nombre. Eso nunca lo entendieron ni Santi ni la mamá. Creyeron que el nombre en un papel era lo que valía.
—¿Y qué es lo que vale?
—Que tú estés aquí. Que yo esté. Que el abuelo siga aquí, de alguna forma, en cada ladrillo.
Alejandro no dijo nada. Solo le pasó el brazo por encima y se quedaron así, viendo el atardecer teñir de rojo las palmas reales de la Pequeña Habana, mientras el vecino volvía a poner salsa y alguien, en alguna casa cercana, empezaba a preparar café.
