Cuarenta años pidiendo permiso. Hoy el carro está a mi nombre.

El día que Eduardo le dijo que debería haber aprendido a manejar, Rosalba no discutió. Se quedó parada junto a la estufa, con la cuchara de madera en la mano. Afuera el sol de El Paso pegaba en el patio de grava y el termómetro de la pared marcaba ciento cuatro grados. Ella no respondió. Esa noche se acostó a las diez y se quedó contando las vigas del techo. A las cinco y cuarenta se levantó, se puso los tenis ortopédicos y sacó un sobre de debajo del colchón. Dentro había trescientos setenta y cinco dólares en billetes de veinte. Eran de las ventas de garage de los últimos dos años. Los guardó en la bolsa del mandado y salió a esperar el camión de Sun Metro en la esquina de Dyer y Hondo Pass. El aire olía a polvo y a creosota. El camión tardó once minutos. Se sentó en la parte de atrás, junto a una mujer que llevaba una jaula con un gallo. Eso no le pareció raro. En El Paso todo cabe en el camión.

Pensó en lo que Eduardo había dicho antes de la cena: «Deberías haber aprendido a manejar hace cuarenta años.» Ella soltó una risa seca. Le recordó que él se había pasado cuarenta años diciéndole que no servía para eso, que era nerviosa, que iba a chocar en el estacionamiento, que era dinero botado. Él se encogió de hombros y respondió: «No me tenías que haber hecho caso.» Rosalba apagó la hornilla y se fue al baño a lavarse la cara. No lloró. Se miró en el espejo y vio a la misma muchacha que a los veinticinco años había querido sacar la licencia y no pudo.

A los veinticinco Eduardo le dijo que no valía la pena. Que él la llevaba a donde hiciera falta. Y era cierto: la llevaba a Walmart, a la clínica, a ver a su hermana en Las Cruces, a cuarenta y cinco millas por la I-10. Pero solo cuando él quería. Si estaba cansado o había fútbol en la tele, ella se quedaba en casa o tomaba dos camiones. Una vez perdió una cita con el dentista porque él se fue a cambiar una llanta y no volvió hasta la tarde. Después de eso dejó de pedir. A los cuarenta dejó de insistir. A los cincuenta se convenció de que de verdad no podía. Eduardo no era malo, decía ella. Solo le gustaba que ella lo necesitara. Le gustaba que le pidiera permiso hasta para ir a pagar el recibo de la luz.

El año pasado Eduardo cumplió setenta y seis. Empezó a ver borroso de noche. En marzo rozó un poste al salir del estacionamiento de Walmart en Americas Avenue. El médico de la clínica San Vicente le ordenó no manejar hasta terminar unos estudios. Eduardo dijo que eso era una ridiculez, que él llevaba cuarenta y cuatro años manejando y nunca había matado a nadie. Pero las llaves se quedaron en el gancho junto a la puerta. El carro, un Honda Accord dos mil cinco color arena, se quedó en el garage. La vida se puso dura. Los hijos vivían lejos: Marta en Austin, Dani en Phoenix. Un taxi hasta la clínica costaba veintiocho dólares ida. La entrega del súper costaba nueve con noventa y nueve. Para ir a ver a su hermana a Las Cruces, Rosalba tenía que tomar dos camiones y un tren fronterizo si perdía el primero, y acababa llegando con las piernas hinchadas y el almuerzo frío.

Eduardo se fue enojando con ella. «No encuentras soluciones», repetía. Como si ella hubiera tenido la culpa de no saber manejar. Como si no hubiera sido él quien le llenó la cabeza de miedo.

Esa mañana, en el camión, Rosalba apretó el sobre contra la bolsa del mandado. Había encontrado una escuela de manejo en el directorio del teléfono de la cocina. Se llamaba Amistad Driving School y quedaba en un centro comercial de la Montaña. La instructora se llamaba Susana. Rosalba la había llamado tres veces colgando antes de que contestara. Cuando por fin le salió la voz, Susana le dijo que sí, que había enseñado a una señora de ochenta y uno que ahora manejaba su carro hasta la iglesia. El curso completo costaba setecientos cincuenta, pero si pagaba en efectivo le rebajaban a trescientos setenta y cinco. Por eso llevaba el sobre.

Bajó del camión en la parada de la calle Chelsea. El centro comercial olía a tortillas recién hechas y a aceite de maíz. En la escuela, Susana la recibió con un clipboard y un bolígrafo morado. «¿Tú eres Rosalba?», le preguntó. Rosalba asintió. Entregó los billetes uno por uno. Susana contó dos veces y le dio un recibo. «Pierde el miedo», le dijo. «El miedo no se maneja.» Rosalba guardó el recibo en la bolsa, doblado en cuatro.

Las primeras clases fueron una pesadilla. Rosalba confundía las señales, se le apagaba el carro en los altos y regresaba a casa con las manos adoloridas de apretar el volante. Eduardo veía el manual sobre la mesa del comedor y soltaba una carcajada. «Estás botando el dinero, vieja. Ya ni la vista te da.» Ella no decía nada. Ponía el manual en el cajón de las ollas para que él no lo viera, y en la noche lo sacaba y repasaba las preguntas del examen escrito con una linterna de pilas.

Falló el examen escrito la primera vez por dos errores. Salió de la oficina del DMV en Lee Treviño y se sentó en la banca de afuera. El sol le quemaba los brazos. Quería romper el papel del resultado. En el baño de un McDonald's lloró con la cara pegada a la puerta del cubículo. Luego se echó agua en la cara y llamó a Susana desde un teléfono público. «Ya no voy a poder», le dijo. Susana no la dejó colgar: «Tráeme el resultado mañana. Dos errores no son nada.» A la segunda pasó con una sola falla. Susana le estampó un sello de felicitación en la libreta.

La práctica fue peor. Le temblaban las manos. En la calle Alameda un camión le pitó tres veces porque iba a veinticinco en una zona de cuarenta. Rosalba encendió las intermitentes y se orilló. «Ya no puedo», dijo. Susana apagó el radio. «Puedes. Pon la mano en la palanca. Ahora métela en drive y arranca despacio.» Rosalba respiró. Metió la palanca. El carro avanzó. Fue la primera vez que sintió que el carro le obedecía a ella, no al contrario. Desde entonces, cada práctica era una conquista: estacionarse en paralelo frente a una taquería, entrar a la rotonda de la salida a Las Cruces, alcanzar sesenta y cinco millas en la I-10 sin que le sudaran las palmas.

Eduardo seguía sin creer. El sábado anterior al examen práctico, cuando ella salía con la bolsa del mandado, él le gritó desde el sillón: «No pases vergüenza, Rosalba. ¿A tu edad, en qué cabeza cabe?» Ella empujó la reja. No contestó. Llegó al DMV cuarenta y cinco minutos antes. El examinador, un muchacho con chaleco reflectante, le pidió los documentos. Rosalba le entregó el permiso de aprendiz, el seguro y la forma de identificación. Se subió al Honda. El muchacho se acomodó en el asiento del copiloto. «Cuando usted quiera», le dijo. Rosalba ajustó el retrovisor. Lo sintió alineado. Encendió el motor. El aire acondicionado soltó un olor a plástico caliente. Salió del estacionamiento, viró a la derecha en la avenida, frenó en el alto completo, esperó tres segundos. El muchacho marcaba algo en su tableta. Ella no lo miraba. Veía el camino, los semáforos, las escuelas con sus letreros amarillos. A los veinticinco minutos, de regreso al DMV, el muchacho le dijo: «Estaciona aquí.» Ella maniobró. Dejó el carro a tres pulgadas del bordillo. El muchacho se desabrochó el cinturón. «La licencia le llega por correo. Maneja bien, señora. Felicidades.»

Rosalba se quedó sentada en el carro con las manos pegadas al volante. Respiró. No lloró. Bajó el sol. Luego fue a casa con el permiso temporal en la bolsa.

Esa noche no le dijo nada a Eduardo. Solo cenó frijoles con tortilla y se fue a acostar temprano. A la mañana siguiente, antes de que él despertara, fue al garage. Destapó el Honda. Revisó la guantera. Ahí estaba el title original, arrugado, con el nombre de Eduardo. Lo metió en un folder. Tomó su acta de nacimiento, la licencia con el plástico temporal y el comprobante del seguro. Se fue al DMV. Pagó treinta y tres dólares de transferencia. Firmó la forma VTR-130 sin que le temblara el pulso. La empleada tecleó y luego le dijo: «Listo. El title nuevo le llega en dos semanas, pero este papel ya la acredita como dueña.» Rosalba dobló el papel y lo puso en la bolsa. De camino a casa pasó por la panadería y compró dos conchas de azúcar. Entró a la cocina. Eduardo estaba sentado a la mesa con el café. Ella puso el comprobante del DMV frente a él, junto a la taza. «¿Qué es esto?», preguntó él. Rosalba le dio la vuelta al papel para que viera el nombre: Rosalba Elena Torres. «El carro está a mi nombre. Ahora yo decido quién lo maneja y a dónde va.» Eduardo levantó las cejas. No era enojo. Tampoco sorpresa. Era como si acabara de escuchar una sentencia que llevaba cuarenta años esperando. «¿Y cómo piensas pagar el seguro?», dijo. Rosalba sacó de la bolsa un segundo papel: el comprobante del seguro nuevo, pagado por seis meses. «Ya está pagado. Ciento ochenta y dos dólares. De mis ventas de garage.» Eduardo abrió la boca. La cerró. Tomó un sorbo de café y miró la taza.

Las primeras semanas, Rosalba manejaba trayectos cortos: al OXXO, a la iglesia de San Antonio, al centro de salud. Después llevó a Eduardo a una consulta. Él iba todo el camino señalando: «Frena, frena. Ese carro se te mete. Usa la direccional.» En la entrada de la clínica, Rosalba se orilló junto a la banqueta, puso la palanca en parking y le habló sin levantar la voz: «Puedes ayudarme si te lo pido. Pero no me vas a volver a decir que no puedo. Eso se acabó.» Eduardo se agarró de la manija de la puerta. No dijo nada. Todo el camino de regreso se quedó callado, con las manos cruzadas sobre la panza. Rosalba encendió la radio. Pasaron una cumbre viejita. La ventanilla bajada dejaba entrar el viento caliente del desierto.

Eduardo recuperó parte de la visión, pero el médico de la clínica le recomendó que no volviera a manejar. Le costó aceptarlo. Una noche, desde la puerta del garage, vio el Honda limpio, con placas nuevas y un sticker de la virgencita en el ángulo del parabrisas. «Está bonito», dijo. Rosalba estaba regando el cactus de la entrada. No se volvió. «Es mío», respondió.

Un domingo, Rosalba lo llevó al desayuno con sus amigos en un restaurante de la calle Mesa. Al bajar del carro, uno de ellos, un viejo de sombrero y camisa de cuadros, silbó: «Rosalba, te quedó bien el carro. Se ve que le das duro.» Eduardo se detuvo junto a la puerta del copiloto. Levantó una mano y dijo: «Aprendió tarde. Pero aprendió.» Rosalba no dijo nada. Metió la llave en la bolsa del mandado, sintió el filo del plástico de la licencia contra los dedos y caminó hacia la puerta del restaurante. Del techo del local colgaba una hilera de banderines de papel picado. El viento los movía. Adentro olía a chorizo y a café de olla. Ella se sentó a la mesa. Pidió huevos rancheros. No le preguntó a Eduardo qué quería comer. Eso, en cuarenta años, no había pasado.

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