Si alguien me hubiera dicho hace un año que me levantaría un sábado a las seis de la mañana para recorrer cuarenta kilómetros en bicicleta junto a un grupo de mujeres jubiladas, habría soltado una carcajada.

Si alguien me hubiera dicho hace un año que me levantaría un sábado a las seis de la mañana para recorrer cuarenta kilómetros en bicicleta junto a un grupo de mujeres jubiladas, habría soltado una carcajada.

O quizá habría llorado.

Porque hace un año mi vida cabía en tres lugares: mi apartamento, el supermercado y el cementerio.

Nada más.

Después de que mi marido muriera, el mundo se volvió pequeño.

Terriblemente pequeño.

Treinta y ocho años de matrimonio desaparecieron en apenas unos meses.

Un diagnóstico.

Un hospital.

Un funeral.

Y después un silencio tan profundo que parecía ocupar todas las habitaciones.

Me llamo Teresa.

Tengo sesenta y dos años.

Y durante mucho tiempo pensé que la mejor parte de mi vida había terminado.


Mi hija Marta intentó ayudarme.

Al principio venía cada dos días.

Traía comida.

Me obligaba a salir.

Me acompañaba a hacer compras.

Después empezó a venir una vez por semana.

Luego solo llamaba por teléfono.

Nunca la culpé.

Tenía dos hijos, un trabajo, una casa y una vida propia.

Pero cuando una persona pasa cuarenta años compartiendo cada desayuno, cada discusión y cada noche con alguien, la soledad tiene un peso que nadie puede entender desde fuera.

A las cuatro de la tarde me sentaba en el sofá.

Miraba el reloj.

Y no encontraba ninguna razón para levantarme.


Durante cuarenta años trabajé como costurera.

Primero en un taller.

Después desde casa.

Vestidos de comunión.

Arreglos.

Trajes.

Cortinas.

Todo el barrio me conocía.

Pero cuando murió mi marido guardé la máquina de coser bajo una funda.

No porque mis manos dejaran de funcionar.

Sino porque mi corazón sí.

Los días pasaban.

Todos iguales.

Hasta que una mañana vi un anuncio escrito a mano en el tablón de una pequeña tienda.

“Bicicleta de mujer. Poco uso.”

No sé por qué me detuve.

No sé por qué apunté el número.

No sé por qué llamé.

Solo sé que tres días después estaba observando una bicicleta azul con una cesta delantera y un sillín tan cómodo que parecía una nube.

La compré.

Y mi hija casi se desmaya cuando la vio.

— Mamá, ¿te has vuelto loca?

— Todavía no.

— Tienes sesenta y dos años.

— Gracias por recordármelo.

— ¿Para qué quieres una bicicleta?

— Para montar en ella.

Marta se llevó las manos a la cabeza.

Yo me reí.

Y era la primera vez en mucho tiempo que me reía de verdad.


Los comienzos fueron ridículos.

Me dolían músculos que ni sabía que existían.

Avanzaba despacio.

Demasiado despacio.

Los niños me adelantaban.

Los jubilados me adelantaban.

Hasta los perros parecían más rápidos.

Pero seguí.

Cada día un poco más lejos.

Cada día un poco más segura.

Hasta que una tarde, sentada en un banco junto al río, conocí a Carmen.

Ella también llevaba bicicleta.

También era viuda.

También había pasado los sesenta.

Y también estaba sola.

Hablamos durante una hora.

La semana siguiente me presentó a sus amigas.

Luego ellas me presentaron a otras.

Y sin darme cuenta terminé formando parte de un grupo de mujeres que salían a pedalear cada sábado.

Nos llamábamos, entre risas, “Las Locas del Pedal”.

La más joven tenía sesenta años.

La mayor, setenta y cuatro.

Juntas sumábamos más de cuatrocientos años.

Y más historias de las que cabían en cualquier libro.


Había una exprofesora.

Una farmacéutica jubilada.

Una panadera.

Dos enfermeras.

Una antigua conductora de autobús.

Y todas compartíamos algo.

Habíamos perdido cosas.

Maridos.

Padres.

Hermanos.

Trabajos.

Sueños.

Pero ninguna quería perder también el futuro.


Aquellos paseos cambiaron mi vida.

No solo por el ejercicio.

No solo por la bicicleta.

Sino porque volví a sentirme parte del mundo.

Volví a tener planes.

Volví a esperar el sábado.

Volví a comprar ropa pensando en salir.

Volví a reírme hasta llorar.

Volví a vivir.


Una mañana de primavera decidimos llegar hasta un lago situado a cuarenta kilómetros.

Era nuestro recorrido más largo.

La noche anterior apenas dormí.

Tenía miedo de no conseguirlo.

Miedo de quedarme atrás.

Miedo de hacer el ridículo.

Pero cuando amaneció me subí a la bicicleta.

Y fui.

Pedaleamos durante horas.

Hicimos paradas.

Comimos bocadillos.

Nos reímos.

Cantamos canciones absurdas.

Y cuando finalmente vi el agua brillante entre los árboles, algo se rompió dentro de mí.

O quizá se arregló.

No lo sé.

Solo sé que lloré.

Allí mismo.

Con el casco puesto.

Y mis amigas lloraron conmigo sin preguntar nada.

Porque algunas lágrimas no necesitan explicación.


Al día siguiente recibí una llamada de Marta.

Pensé que sería como siempre.

Los niños.

El trabajo.

La compra.

Pero sonaba diferente.

Más suave.

Más tímida.

— Mamá…

— ¿Sí?

— Vi las fotos del lago.

Sonreí.

Las había subido Carmen al grupo familiar.

— Salimos bien, ¿verdad?

Marta se quedó callada unos segundos.

— Parecías feliz.

Aquello me emocionó más que cualquier otra cosa.

Porque durante años mi hija me había visto triste.

Apagada.

Sobreviviendo.

Y ahora me veía feliz.

— Lo estoy.

Hubo otro silencio.

Y entonces llegó la pregunta.

La pregunta que jamás imaginé escuchar.

— Mamá… ¿el próximo domingo puedo ir con vosotras?

Me quedé sin palabras.

— ¿Tú?

— Sí.

— ¿En bicicleta?

— No te burles.

— No me burlo.

— Es que… creo que necesito salir un poco de mi rutina.

Entonces me reí.

Una carcajada tan fuerte que casi dejo caer el teléfono.

Porque de pronto entendí algo maravilloso.

Durante meses mi hija había pensado que yo era una anciana que necesitaba ayuda.

Y ahora era ella quien quería aprender algo de mí.


El domingo apareció con una bicicleta prestada.

Nerviosa.

Insegura.

Exactamente igual que yo un año antes.

Las mujeres del grupo la recibieron como si la conocieran de toda la vida.

Y cuando arrancamos, Marta se colocó a mi lado.

— Mamá.

— ¿Sí?

— Gracias.

— ¿Por qué?

— Porque me has enseñado que todavía se puede empezar algo nuevo.

Miré el camino.

Los árboles.

El sol.

Las ruedas girando.

Y pensé en mi marido.

En cuánto lo había querido.

En cuánto lo había echado de menos.

Y en cómo, durante años, creí que después de perderlo ya no quedaba nada.

Qué equivocada estaba.

Porque la vida no terminó cuando él se fue.

Simplemente cambió de forma.


Hoy sigo saliendo cada sábado.

La bicicleta azul ya tiene algunos arañazos.

La cesta está un poco torcida.

Y mis piernas siguen protestando en las cuestas.

Pero ahora, cuando paso frente al cementerio, no entro siempre.

A veces solo levanto la mano y sigo pedaleando.

Porque sé que el amor no desaparece.

Solo deja de ser una cadena.

Se convierte en compañía.

En recuerdo.

En impulso.

Y cada vez que el viento me golpea la cara mientras avanzo por una carretera rodeada de árboles, siento algo que durante mucho tiempo creí perdido para siempre.

Ganas de vivir.

Y quizá ese sea el verdadero secreto de la edad.

No contar los años.

Sino seguir encontrando razones para levantarse cuando amanece.

Aunque empiecen con una bicicleta vieja y una idea que todos consideran una locura.

Like this post? Please share to your friends:
Uniad
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: