Vivo en el primer piso de un dúplex en la Pequeña Habana, en Miami. El dúplex es de dos plantas, con una escalera de madera al costado. Las ventanas de mi cocina dan al patio compartido, donde a veces secamos la ropa. Los domingos se oye la misa de la iglesia cercana y el arranque de los carros que van al mercado. La familia de arriba, Valeria y Andrés, siempre fue tranquila. Hasta ese domingo.
Cada domingo, Valeria cocinaba para la familia de Andrés. Yo lo sabía porque los olores subían por el patio: ajo frito, cebolla, plátanos maduros, a veces un puerco asado que se pasaba la noche en el horno. Ese domingo, el aire olía a pozole. Yo estaba en mi cocina, colando un café con leche, con la tele puesta en la novela de las nueve. Mi gato, un barcino viejo, dormitaba en el alféizar.
Empezaron a llegar. Por la ventana vi el carro de la suegra: un Toyota Camry gris, con la calcomanía de la Virgen de Guadalupe en el parabrisas. Bajó la señora Rosa María, alta, con el pelo teñido de rojo y una cartera colgando del brazo. Detrás venían la hermana de Andrés, Fabiola, con su esposo Joaquín y el niño Diego. Subieron la escalera exterior. Yo oía los tacones de la suegra por la madera. Luego, la puerta de arriba se cerró y empezaron las voces.
Al principio se reían. Después, la señora Rosa María habló fuerte: «Valeria, este pozole no sabe a nada. Le falta sal.» Fabiola siguió: «¿Y las tostadas? ¿Por qué no compraste las delgadas?» Y Joaquín remató: «El agua de horchata está espesa.»
Yo no escuché la respuesta de Valeria. Estaba arriba, en la cocina, y yo abajo, con el café en la mano. Pero de pronto, la voz de Valeria sonó como un latigazo:
«¡Ustedes no están en un restaurante! ¡Si no les gusta, no coman!»
El silencio que siguió fue más fuerte que el grito. Se oyó una silla arrastrarse. Luego la puerta de arriba cedió de golpe y bajaron todos. La suegra iba primero, con la boca apretada. Fabiola cargaba al niño, que lloraba. Andrés salió detrás, llamando a su madre: «Mami, espera, no te vayas así.»
Yo me aparté de la ventana para que no me vieran. El carro arrancó. Andrés se quedó en el estacionamiento, con las manos en los bolsillos.
Esa noche, a través del piso, oí la discusión de arriba. No entendí todo, pero alcancé las palabras de Andrés: «¿Por qué no te quedaste callada? Ahora mi madre está ofendida.» Y las de Valeria: «¿Y yo? ¿Yo no cuento?» Después, la puerta del estudio de Andrés se cerró de un portazo.
Al día siguiente, vi a Valeria bajar con una bolsa de basura grande. Dentro se veían los platos de aluminio con restos de pozole, arroz y frijoles. La comida no se había terminado. También había un flan apenas sin tocar, y eso me llamó la atención, porque el flan de Valeria era famoso en el vecindario. La vi caminar hacia el contenedor, con la espalda rígida. Pensé en bajar y decirle algo, pero no la conocía tan bien. Solo era la vecina de abajo.
Pasaron varios días. Un martes por la mañana, paró frente a la casa una camioneta roja con la palabra «Casa de Llaves» pintada en la puerta. Bajó un hombre con una caja de herramientas. Valeria lo esperaba en la escalera.
—Es la cerradura de arriba —le dijo—. Quiero cambiarla. Ochenta dólares, ¿verdad?
El hombre asintió. Yo, desde mi ventana, vi cómo Valeria le entregaba los billetes. El cerrajero trabajó como media hora. Después, Valeria guardó dos llaves nuevas en la palma de su mano. Solo dos.
Yo no entendí en ese momento para qué era todo eso. Hasta que la suegra volvió.
El sábado siguiente, la señora Rosa María apareció de nuevo. Esta vez venía sola. Traía una bolsa de papel con un pay de manzana. Yo estaba regando las plantas del porche, justo debajo de la escalera. Mi gato se subió a la baranda y se puso a lamerse una pata. Ella me miró desde arriba, con una media sonrisa que no me gustó.
—Vecina, ¿está Valeria? —preguntó.
—No sé, señora —le dije, y seguí regando.
Ella sacó una llave de su cartera y la metió en la cerradura. Giró la muñeca. La llave no se movió. Volvió a intentar. Nada. Sacó la llave y la miró como si estuviera rota. Luego tocó el timbre.
La puerta se entornó. Valeria asomó al descansillo, con la mano en el marco.
—Doña Rosa —dijo Valeria, con una voz tranquila que no le conocía—, la cerradura es nueva. Ya no hay llave para usted. Si quiere venir a mi casa, llámeme primero.
La suegra parpadeó. Miró la bolsa de papel.
—Te traje un pay…
—Gracias —la interrumpió Valeria, tendiendo la mano—. Muy amable. Pruebe mi flan el domingo, si quiere.
Cogió la bolsa y cerró la puerta.
La señora Rosa María se quedó un minuto en el descansillo, con la cartera colgando y la llave vieja en la mano. Después bajó las escaleras despacio, repitiendo en voz baja algo que no entendí. Yo miré a mi gato, que seguía lamiéndose la pata, y volví a la cocina a colar otro café. No era asunto mío, pero no pude dejar de pensar en aquella llave que ya no abría nada.
Pasó un mes. Yo pensé que la familia ya no volvería. Pero el primer domingo del mes siguiente, oí de nuevo los carros. Me asomé por la ventana. Venía la suegra, Fabiola, Joaquín, el niño. Andrés salió a recibirlos y les indicó que subieran.
—Pásenle, pásenle —dijo—. Valeria hizo arroz con pollo.
Esa tarde, desde abajo, oí risas, platos y hasta el sonido de una guitarra. Nadie gritó. Nadie criticó la sal. Al anochecer, cuando se fueron, vi a Valeria en la escalera. Me saludó con la mano y bajó unos escalones.
—Vecina, le dejé un poco de flan en el pasillo —dijo—. Para que pruebe.
Yo subí. Allí estaba, en un tazón cubierto con papel aluminio. Lo agarré. Valeria ya se había metido.
Esa noche, ya sola, probé el flan. Estaba cremoso, con el caramelo oscuro, como a mí me gusta. Miré al techo y me pareció oír a Valeria y Andrés hablar bajo, sin discutir.
A la mañana siguiente, al barrer la entrada, encontré una llave vieja tirada en el felpudo. Debía ser la de la suegra, que se le cayó ese sábado. La recogí y la puse en la baranda.
Arriba, Valeria levantó la ventana y me saludó. Yo levanté la taza de café.
Eso fue todo.
