No tenía por qué estar un miércoles a las tres de la tarde parada delante de la jaula 9. Yo vivo en Mesa, a veinticinco minutos del refugio del condado, y con el aire acondicionado roto en mi apartamento hacía un calor de 105 grados. Ese día salí del AutoZone de la Camelback con el lonche a medio comer y una notificación del banco que no quería abrir. Me metí al refugio porque en el grupo de Facebook del barrio alguien publicó que necesitaban hogar temporal urgente para un husky macho de tres años. Solo yo respondí.
La recepcionista se llamaba Carmen y tenía un gafete torcido que decía «Voluntaria — 2 Años». Me dio una correa azul y me llevó por un pasillo que olía a cloro y a perro mojado. En el piso había toallas de papel usadas porque un ventilador de piso secaba algo que se había derramado cerca de la jaula 4. Dentro de una caja de cartón a la entrada, encima de la mesa, había tres gatitos envueltos en una cobija de los Dallas Cowboys. Pensé: eso es una trampa.
El husky se llamaba Duke. Lo sacaron de la jaula 9. Caminó a mi lado como un perro de servicio. Yo ya me veía en casa, con un perro temporal, ganando tiempo mientras buscaba un departamento pet-friendly. Llegamos a la mitad del pasillo. Y Duke frenó en seco.
Se dejó caer al suelo de linóleo. Apoyó las patas delanteras, estiró el cuello hacia atrás y soltó un quejido largo, como una ambulancia lejana. Yo le hablaba, le daba palmadas en el lomo, pero él no se movía. Tenía el cuerpo girado hacia la jaula número 12. No era rebeldía — era un ancla.
Me acerqué. Al fondo, en la penumbra, vi a una hembra husky. Tenía la mitad del lomo sin pelo, una cicatriz rosada que le cruzaba las costillas y una oreja doblada como una hoja de maíz. En el cartelito decía «Nina, 3 años, husky, necesita hogar». La jaula estaba limpia, pero la perra se veía como un rompecabezas mal armado. No le ladraba a nadie. Solo pegó el hocico a la malla y movió la cola en círculos cortos.
Le pregunté a Carmen por qué no estaban juntos.
—Los separaron —dijo, y señaló con la barbilla hacia la puerta del fondo—. Entraron seis perros callejeros anoche. Necesitábamos jaulas. Duke tiene salida temporal. Nina… —dejó la frase a medias.
—¿Y si yo solo me llevo a Duke? —pregunté, más para mí que para ella.
—Pues Nina se queda. Esta semana ya la pusieron en el sitio web. Sin interés. La gente ve la cicatriz y pasa de largo.
Miré a Duke. Él seguía tirado, con la lengua afuera. De repente se levantó y lamió el aire en dirección a la jaula. Nina cerró los ojos y pegó la frente a la malla. Pensé en mi cuenta de banco. Me quedaban 240 y pico hasta el viernes. La tarifa de adopción por cada uno era de 240 dólares. Eso significaba que con dos me pasaba del límite.
Carmen se agachó a tocar a Duke para que se levantara. Y yo bajé el cierre de mi bolsa. Saqué el monedero. Dentro, la tarjeta de crédito. La de débito no me alcanzaba. Me acerqué a Carmen y le dije:
—Tráeme la otra correa. Y los papeles de los dos.
Ella se quedó con la boca a medio abrir, como si le hubiera pedido que me vendiera el edificio.
—¿Los dos? —preguntó.
—Los dos. No se separan.
Carmen desapareció por la puerta batiente. Yo me agaché frente a la jaula de Nina. Ella me olfateó los dedos a través de la malla. Tenía el hocico caliente. Le dije en voz baja:
—Tranquila, flaca. Te sacamos.
Cuando Carmen volvió, traía una correa roja y un fajo de papeles. Se sentó en una silla plegable detrás del mostrador y empezó a teclear en una computadora vieja. Me pasó un formulario para cada perro. Los firmé sin leer la letra chica. Luego metí la tarjeta en la terminal. La pantalla brilló: «Aprobado». El recibo salió con dos cargos: 480 dólares. Lo guardé doblado en el bolsillo de atrás del pantalón.
Me entregó una carpeta con dos cartillas veterinarias y dos chapas metálicas con sus nombres. Salí al estacionamiento. Mi troca Ford F-150 estaba bajo un sol que derretía el asfalto. En el vidrio trasero, la calcomanía de los Suns se estaba despegando. Abrí la puerta de atrás. Duke saltó primero. Nina se quedó un segundo, mirando la camioneta, como si no creyera que podía subir. Puse la carpeta en el asiento del copiloto y le palmeé la puerta. Ella saltó.
Arranqué y fui derecho al Walmart de la Baseline. Compré dos costales de comida de 90 dólares cada uno. La cajera, una muchacha con uñas largas y un pin de la Virgen en el delantal, preguntó:
—¿Tienes dos perros?
—Desde hace diez minutos —dije.
Ella escaneó el segundo costal y enseñó los dientes. —Les tocó la lotería.
Volví a casa. Antes de entrar, llamé a mi casera. No quise mentirle.
—Tengo dos huskies en la sala —dije—. Ya tienen microchip y papeles. Si me va a cobrar depósito, que sean cien al mes, no más.
Silencio al otro lado. Luego:
—Lupita, tú estás loca.
—Sí, pero no me voy a arrepentir.
Colgué. Entré al apartamento. Duke y Nina empezaron a perseguirse por el pasillo, tiraron una lámpara y se bebieron el agua como si no hubiera llovido nunca en Phoenix. Me senté en el sofá. Miré el teléfono. La app del banco: -480.00, más los 180 de la comida. En el suelo, Nina se acercó, puso la cabeza en mi rodilla y me lamió la mano. Duke se echó a mi lado, con el hocico sobre mi zapato.
La puerta del apartamento quedó entreabierta. Por la ventana se colaba el ruido del tráfico de la avenida. No cerré la puerta. Al rato, vi por la rendija que una vecina se asomaba para ver qué era el escándalo, vio a los dos perros y se echó a reír.
Esa noche, cuando ya estaba oscuro, saqué la correa roja y la azul del gancho. Las colgué en la pared, una al lado de la otra. Después me metí a la cocina y serví dos tazones más de agua. Volví a la sala. En mi teléfono sonó un correo del refugio: «Gracias por darles un hogar a Duke y Nina. Han sido adoptados juntos». Lo leí tres veces. Luego apagué la luz. En la oscuridad, oí dos respiraciones, una al lado de la otra, y un rabo que golpeó la pata de la mesa.
