El que espera en la banqueta

Aurelio limpió el vidrio de la ventanilla con el dorso de la mano. El sol de octubre caía bajo, apenas tibio, sobre la banqueta de la estación de camiones de San Elizario, Texas. El viento arrastraba hojas secas y tierra del llano; olía a mezquite y a aceite de motor. Dos camiones al día: el de El Paso por la mañana, el de Dallas por la tarde. Y en la esquina de la plataforma, un perro labrador color arena, con un collar rojo, sentado muy erguido. Sin moverse.

—Ese perro lleva ahí desde el martes —dijo Raquel, la cajera, asomando la cara por la puerta de la boletería. Se envolvía en un chal de lana morada—. Es de Joaquín. El que se fue a Colorado a trabajar en la cosecha.

Aurelio ya lo sabía. La historia se la había contado Raquel la semana anterior, entre bostezos y café recalentado. Joaquín Gutiérrez vivía solo en una casa de adobe atrás del canal. Su mujer lo dejó hacía tiempo, se llevó hasta el ventilador. Un martes de septiembre, Joaquín llegó a la estación con una maleta de lona y el perro atado de una correa. Pensaba dejarlo con un primo, pero el camión de Dallas venía retrasado y el primo no apareció. Cuando abrieron las puertas, Joaquín le gritó al perro: «Quédate aquí, ahorita regreso». El perro se sentó. Joaquín subió. Y no volvió.

Ahora Duque —así se llamaba— llevaba dos semanas en la misma banqueta. No perseguía a los gatos que se escondían detrás del basurero, no pedía comida a los pasajeros. Solo veía la carretera, hacia el este, por donde desapareció el camión. Aurelio le dejaba agua en un plato de peltre y una tortilla con huevo. Duque no tocaba nada hasta que el último camión de la tarde se iba y el sol ya estaba abajo.

Esa mañana, Aurelio se acuclilló frente al perro. Sacó de la bolsa un pedazo de salchicha envuelto en papel de estraza.

—Órale, compadre. Come algo.

Duque lo observó. No se movió. Aurelio le dejó la comida en la banqueta y se fue a abrir la estación. En la boletería, una radio vieja tocaba un corrido de Los Tigres del Norte, y el letrero del precio del boleto a Dallas se veía desteñido: treinta y dos dólares.

A media mañana llegó la inspectora Beatriz Molina. Bajó de una camioneta blanca con el logotipo del condado. Tacones, portafolio, el cabello recogido tan tenso que Aurelio pensó que le dolería.

—Señor García —dijo ella, sin preámbulo, señalando al perro con la punta del portafolio—. Ese animal no puede estar aquí. Es una estación de camiones, no un albergue. Si para el sábado sigue en esta banqueta, llamo a control animal.

—Doña Beatriz, el perro está esperando a su dueño. Joaquín Gutiérrez, el que se fue a trabajar a los campos de Colorado.

—El dueño no va a regresar. Usted lo sabe y yo lo sé. Quítelo de aquí o lo quito yo.

Se fue sin esperar respuesta. Sus tacones repicaron contra el concreto agrietado. Duque ni siquiera volteó a verla. Solo seguía mirando la carretera.

Esa semana, Aurelio no durmió bien. Le contaba a Raquel: «¿Sabes qué me duele? Que ese perro cree que hizo algo mal. Que por eso no regresa el hombre.» Raquel se persignaba y decía: «Dios aprieta, pero no ahorca.» Aurelio no le contestaba.

El sábado, el camión de Dallas llegó a las cuatro y diez de la tarde. Bajó poca gente: un muchacho con una mochila de construcción, una señora con dos bolsas del mandado, y una mujer joven, delgada, con una maleta pequeña de ruedas y el cabello suelto. Bajó, se quedó de pie en la banqueta, mirando a los lados como si no reconociera el pueblo. Luego se sentó en la banca de metal verde, junto al letrero de «San Elizario, Texas — fundado en 1789». Y se puso a llorar, con las manos sobre la cara.

Aurelio la observaba desde la ventanilla de la boletería. En diecisiete años de trabajar en esa estación, había aprendido a distinguir a los que llegan huyendo de algo. Esta mujer huía.

Sofía Ramos regresaba a San Elizario después de diez años en Dallas. Había trabajado como asistente en un consultorio dental, había vivido con un hombre que prometía casarse, había pagado renta puntual cada mes. Y en seis semanas, todo se desarmó: la clínica cerró, el hombre se fue con una compañera del trabajo, y la casera le pidió el apartamento porque lo iba a vender. Sofía juntó sus pocas cosas y tomó el camión de regreso a la casa de su madre, una casa chica en la calle Del Río, con un patio de tierra y un árbol de granadas que ya no daba fruto. A sus treinta y tres años, no tenía trabajo, no tenía pareja, no tenía hijos. «Ni un gato», pensó.

Entonces algo húmedo y pesado le tocó la rodilla.

Sofía levantó la vista. El perro labrador color arena, con el collar rojo, le estaba dejando una pelota de tenis mojada en el pie. La pelota rodó y se detuvo contra su zapato.

—¿De quién eres tú? —preguntó ella, con la voz ronca de llorar.

El perro la observó fijamente. No le pidió nada. Solo se quedó ahí, con la pelota en el suelo, esperando.

Aurelio se acercó.

—Ese es Duque. Fue de un hombre que se fue a trabajar a Colorado. Le dijo «espérame aquí» y no volvió. Lleva como un mes esperando.

—¿Un mes? —Sofía le puso una mano en el lomo al perro. El pelo estaba caliente por el sol de la tarde.

—Sí, y la inspectora me dio hasta hoy para quitarlo. Si no, viene la perrera el lunes.

Sofía se quedó viendo al perro. Duque levantó el hocico y la observó como si le estuviera pidiendo permiso.

Aurelio se agachó a su lado.

—Es un buen perro. No se va con cualquiera. Pero con usted… —se encogió de hombros—. La vio y vino derechito.

Sofía guardó silencio un momento. Luego dijo:

—Cuando era niña, le pedía a mi papá un perro. Un labrador. Él me decía: «Para qué, si no alcanza ni para los frijoles.» Después me fui a Dallas y pensé que tendría mil cosas. Ahora vuelvo con una maleta vacía y ni siquiera eso.

—A lo mejor no está tan vacía —dijo Aurelio.

Sofía miró al perro otra vez. Le pasó la mano por el lomo, desde el cuello hasta la cola.

—Duque —dijo, y el perro levantó las orejas—. ¿Quieres venirte conmigo?

Duque se puso de pie, movió la cola una sola vez y dio un paso hacia ella.

Sofía desabrochó la maleta, sacó una cuerda elástica que usaba para amarrar la ropa y la enganchó al collar de Duque. El perro la observó como si llevara toda la vida esperando ese gesto.

—Vámonos —dijo ella.

Y caminaron juntos por la banqueta, pasaron el letrero de San Elizario y salieron a la calle.

La camioneta blanca de la inspectora pasó despacio junto a la estación. Beatriz Molina miró por la ventanilla: vio a la mujer que llevaba al perro con una cuerda elástica, vio al labrador caminar pegado a su pierna. La inspectora se quedó un instante con los dedos sobre el vidrio. Luego subió la ventanilla y el auto se alejó.

Esa noche, Sofía y Duque caminaron juntos por la calle Del Río, pasaron el canal, pasaron el árbol de granadas, y llegaron a la casa de adobe de su madre. La señora Licha, que ya tenía setenta y un años, empujó la puerta y vio a su hija con un perro grande y una maleta chica.

—¿Y esto? —preguntó.

—Mamá, te presento a Duque. Él también estaba esperando a alguien que no volvió.

La señora Licha se quedó quieta, luego se agachó con cuidado y le rascó detrás de las orejas. Duque cerró los ojos y se recargó en su pierna.

Pasaron los años. Aurelio siguió en la estación de camiones, vendiendo boletos y barriendo la banqueta. El mural de la capilla de San Elizario seguía en la pared, aunque ya con una franja descascarada. Raquel se jubiló y se fue a El Paso con su hijo. Y un día de mayo, el camión de Dallas llegó puntual a las cuatro y diez.

Aurelio salió a la banqueta a estirar las piernas. Del camión bajó una mujer con una carriola. A su lado, un perro labrador color arena, con canas en el hocico, caminaba pegado a la rueda de la carriola.

—¡Don Aurelio! —gritó la mujer.

Era Sofía. Venía con una niña de mejillas redondas, dormida bajo una sombrilla de dibujos. Duque se sentó junto a la carriola y miró a Aurelio.

—Vinimos a visitarlo —dijo Sofía—. Y a que Duque viera la estación. Ya no había venido desde que se fue conmigo.

Aurelio se agachó, le rascó el cuello al perro. Duque tenía la pelota de tenis en la boca, ahora toda mordida y descolorida. La soltó en la banqueta, justo donde siempre se sentaba a esperar.

—Mira nomás, compadre —dijo Aurelio—. Ya no esperas a nadie. Ahora te toca acompañar.

Duque movió la cola. Luego se echó a los pies de la carriola, al lado de la niña, y cerró los ojos.

Sofía le contó a Aurelio que ahora trabajaba en una clínica dental en El Paso, que se casó con un maestro de la secundaria, que la niña se llamaba Elena y que Duque dormía todas las noches afuera de su cuarto, como si montara guardia.

—¿Sabe una cosa? —dijo Sofía, viendo al perro—. Yo también estuve esperando, don Aurelio. Toda mi vida esperé a que alguien me dijera que era necesaria. Y un día, en esta banqueta, un perro me dejó una pelota mojada en el zapato. Y me di cuenta de que no era yo la que lo estaba rescatando.

Aurelio se quedó callado. Luego sacó del bolsillo un pedazo de salchicha envuelto en papel de estraza y se lo ofreció a Duque.

El perro lo tomó, lo masticó despacio y miró hacia la carretera. Hacia el este. Por donde se fue un camión una tarde de septiembre. Luego volteó a ver a la niña dormida, a Sofía, a la sombrilla de dibujos. Y se quedó quieto, mordiendo el papel, con la cola moviéndose apenas.

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