La casa que no supe valorar

Cuando firmamos el divorcio, yo estaba cegado por el orgullo. Verónica había pedido la separación después de diez años, y eso me enfureció más de lo que soy capaz de explicar. "Si te vas, te vas con lo puesto", le solté. Y cumplí hasta el último centavo. El abogado se encargó de que ella no recibiera nada: la casa de San Antonio, los ahorros, la camioneta Ford… todo quedó a mi nombre. Ella se fue con una maleta vieja y el Honda Civic destartalado que teníamos desde recién casados. Yo me convencí de que volvería arrastrándose en menos de seis meses. No lo hizo.

Al principio me contaron que había comprado una casona de madera a punto de caerse, en un pueblo casi abandonado cerca de Crystal City, de esos que tienen una iglesia, una gasolinera cerrada y tres calles de tierra. Me reí con mis compadres un sábado en la carne asada. "Allá que se arrepienta", dije mientras destapaba otra cerveza. Pero el tiempo fue pasando y las noticias que me llegaban no eran las que yo esperaba. Una tía lejana, de esas que siempre están en el chisme, me llamó para decir que a Verónica "le había ido bonito": que unos viejitos le habían dejado una carta y una llave escondidas en la casa, y que el terreno de atrás del huerto ahora era suyo, sin pagar un dólar, porque los antiguos dueños lo pusieron en los papeles del condado. "Nombre completo y sello del notario", insistió la tía.

Colgué con el pulso acelerado. No podía ser. ¿Un terreno gratis? ¿Regalado así nomás, sin pleito? Lo que yo me había matado por conservar, a ella le caía del cielo. Algo empezó a molestarme por dentro, un gusanillo que no era rabia sino una cosa más sucia: la certeza de que la había subestimado. Esa noche no pude dormir. A las siete de la mañana ya iba en la camioneta camino al condado de Zavala, con el termo de café amargo en el portavasos y la radio atrapada en una estación de rancheras viejas. El sol de julio pegaba fuerte, el asfalto parecía un espejo roto. En la cuneta vi un armadillo atropellado, panza arriba, tieso. Me dio mala espina, pero seguí.

Cuando llegué a la dirección, frené tan brusco que la grava voló contra la cerca. No era la ruina que yo esperaba. La casa estaba pintada de un amarillo suave, con buganvilias rojas trepando por los barrotes. La mecedora del porche se movía sola, empujada por el aire caliente que subía del llano. Al lado del buzón, una hilera de macetas con romero y albahaca. El olor se metió por la ventanilla antes de que yo apagara el motor. No toqué el claxon; me quedé esperando a que ella saliera, como si de repente hubiera perdido todo el apuro que traía desde San Antonio.

Bajé de la troca. Verónica vestía un overol de mezclilla manchado de tierra, las mangas arremangadas hasta el codo. Las manos le chorreaban lodo fresco; se las limpió con un trapo que llevaba en la cintura mientras se acercaba a la cerca. El cabello recogido con un paliacate azul. No había sombra de la amargura que yo le había visto en los últimos meses de matrimonio. Era otra persona. O la misma, pero sin mí.

—No me esperaba esto —solté, señalando el jardín y el pequeño huerto que se adivinaba detrás de la casa, lleno de jitomates y chiles serranos—. Francamente, no me entra en la cabeza.

—Ni a mí, al principio —respondió sin asomo de rencor—. Me pidieron cuidarla un año. Llevo ocho meses.

No me invitó a pasar. Se apoyó en la cerca y me contó, sin prisa, lo de la carta amarillenta que encontró bajo una tabla del piso, la llave atada con un cordón y la caja de documentos en el ático. Habló de los antiguos propietarios, una pareja de viejitos que se fueron del país pero quisieron que la casa quedara en manos de alguien que la amara. Yo no le quitaba la vista de encima a una carpeta que llevaba en el asiento trasero del coche. La había preparado mi abogado la semana anterior: una demanda para impugnar la transferencia de ese terreno. Total, argumentaba el licenciado, la cláusula era confusa y se podía pelear. Yo había ido con eso bajo el brazo. Pensaba que si ella podía quedarse con algo, yo merecía sacar tajada.

Saqué la carpeta sin decir nada. La abrí sobre el cofre de la camioneta. Verónica no movió un solo músculo de la cara. Yo tuve las hojas en la mano, con el membrete del bufete bien visible, y entonces la vi a ella. No me estaba juzgando; simplemente esperaba. Esperaba a que yo hiciera lo que había ido a hacer. Las manos me empezaron a temblar sobre el papel. Tragué saliva y no encontré nada que decir; se me secó la garganta como si llevara horas sin beber agua. Bajé la vista al asfalto, a la sombra que hacíamos los dos junto a la camioneta, y ya no hubo argumento del licenciado que me sostuviera.

Rompí las hojas una a una, en cuatro pedazos. El viento se llevó dos al pasto. Los otros los aplasté contra el asfalto con la suela del zapato.

—No voy a molestarte más —le dije, y escuché mi propia voz como si fuera de otro.

Ella no me dio las gracias ni me pidió explicaciones. Dio media vuelta, caminó hacia el porche y abrió la puerta de la casa. A medio camino se detuvo, recogió la regadera metálica que estaba junto al escalón y entró. Yo me quedé afuera un minuto todavía, con los pedazos de papel tirados a mis pies.

Arranqué el motor y metí reversa. Por el espejo retrovisor la vi salir otra vez, ya sin el trapo en la cintura. Cerró la reja de la entrada y le pasó el candado con un chasquido limpio, sin prisa. Metió la llave en el bolsillo del overol y se perdió entre las plantas.

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